viernes, 19 de agosto de 2016

Fuera de hora

Es una hora extraña para los trinos de los pájaros. Suenan
pequeños y redondos lejos del quebranto,
mojados no deben abultar
más que la lluvia tragada de un verano.
Esa melodía a destiempo entrando
por los poros vivos de una ventana, agitando
las cortinas con bolas de acero cosidas en el bajo,
tirando con su timbre de un te quiero
escrito en la página de un libro, sin un lazo. Es extraña
la hora
para que los pequeños que anidan al otro extremo
del extractor de humos crezcan como mariposas de picos curvos
y dejen de llorar, aun entre el ruido y las sartenes.
Alas de colores y gorjeos, ahora,
cuando no.
Cómo no entonar lo intempestivo y masticar
la arena el cristal el tacto que voltea.
Alcanzar las nubes con lo blando,

tan fuera de hora que no quepa duda que volamos.

Fotografía de Xoel Gómez

miércoles, 25 de mayo de 2016

Ideación suicida recurrente

Fotografía Alicia Villares Frías



















Los pies

juntos

en el filo de un tejado,

apenas se distingue la urraca en el jardín,

los besos, apenas

(¿carne contra los dientes

alas?).

El edificio es alto para que nadie

escuche, hay un viento

solo

y un océano vallado

rompiendo en cosquillas que despiertan

los dedos rollizos en el borde.

Llueve grijo si se asoman

llueven

heridas

y los ojos en el suelo

como espejos reflejando a un palmo

escaso las estrellas.

domingo, 10 de enero de 2016

Cruzando el parque

Fotografía de Alicia Villares Frías


El parque en invierno, tan solo a esas horas tempranas por culpa de una oscuridad que se abraza al frío. A nadie le importan las farolas naranjas encendidas y él se sube el cuello del gabán mirándolas como fuegos fatuos, quién iba a querer caminar entre los muertos, tentar con el crujido de sus pies el que despierten. Su sombra se alarga frente a él como una avanzadilla y le sosiega, hasta que por la izquierda asoma despacio otra figura negra que de silenciosa le obliga a volver la cabeza para no encontrar nada y resultar ser otro espectro de sí mismo surgido del cruce de las luces encerradas en los globos. Ahora son dos las oscuridades que le preceden, solapadas y atentas, y tiene menos miedo tras haber tenido tanto. «¡Qué absurdo!» piensa, un hombre de su talla, con esa envergadura de monstruo en un callejón umbrío, asustado por la soledad o la noche.

Las manos acarician la lana del interior de los bolsillos buscando un calor generoso que se reparta por el resto del cuerpo, pero no pasa de las muñecas donde la intemperie lo mata a causa de unas mangas demasiado cortas. El abrigo era de su hermano, llorado y aullado de forma prematura en un cementerio donde nunca supo encontrarlo, su hermano es el abrigo, allí están su tacto, su olor y las palabras que cayeron de su boca en otros días, y la risa. La risa. En ocasiones, cuando la nostalgia le hace pequeño, le viene grande.


A buen ritmo, apremiado por los bancos vacíos, sonrisas azules sin dientes que lo inquietan, se acerca al paso subterráneo que salva la carretera. Cuando al fondo surge alguien a la carrera, el aliento se le detiene sosteniendo el vaho como una niebla ante sí. Es una niña. El aire fluye de nuevo: dentro, fuera, dentro, fuera… relajado. Casi en la salida al parque, la pequeña se detiene sobre la línea blanca que divide el camino separando el carril bici del de peatones; salta sobre ella a la pata coja entonando una canción que el hombre no distingue aún desde donde está. Qué peligro puede haber, se dice sonriendo, en una niña con uniforme azul tableado de colegio y coleta danzarina. Cuando llega a su altura la mira con ternura, envidiando su despreocupación y la melodía afinada que se acompasa a los saltos, casi desea unirse al juego para perder el frío, la vergüenza, el miedo. La chiquilla, detenida sobre un pie, levanta los ojos de la línea para subirlos hasta los del hombre, le observa largo rato en silencio mordiéndose el labio inferior hasta hacerse sangre. Oscura, espesa, roja, le cae por la barbilla. No parpadea, ninguno. «¿Me dice la hora, señor? Creo que se me ha hecho tarde. ¿Tiene usted tiempo dentro de ese abrigo para acompañarme?»

sábado, 19 de diciembre de 2015

Viernes creativos 2015





Recopilación de los textos escritos para los Viernes Creativos de Fernando Vicente en este año 2015 que se nos acaba.



El piano de la niña estaba muerto desde que, como anunció el abuelo una mañana, ella perdió la vida. Aún esperamos que la encuentre.


Foto de Brendon Burton


Se arrebujan en los abrigos para mitigar el frío del adiós que ninguno pronuncia; bocas cerradas en un andén que se repite como el viento y los ocres y los azules. Lloran. Ella abre un paraguas y a él se le escarcha la sal en las mejillas. Cuando el silbato apremia, sustituyen los besos por una breve caricia de las manos para no dejarse de mirar los ojos y sus simas. Arranca el tren con ella dentro, entonces, como otras tantas despedidas, él recuerda el olvido de la flor y piensa: «para la próxima».

Foto de Constantine Manos


Hay quienes son zurdos. Algunos escriben prescindiendo del corazón como apoyo. Ella aprendió a hablar hacia dentro en lugar de hacia fuera, incluso los gemidos o las interjecciones las pronunciaba en sentido contrario. Nunca había supuesto un problema, hasta entonces. Era la tercera vez que aquel hombre quedaba insatisfecho a pesar de las horas invertidas en el sexo. «¿Qué sabes hacer con la boca, además de ésto?». 
Dibujo de Jaya Nicely



Prometí con once años que sería mía. Y, aún, sigo intentándolo.

Foto de Rodney Smith


Marina tiene ese nombre porque cuando nació, su padre cuenta que vio un pecio en el fondo de sus ojos. Después los médicos hablarían de ceguera pero en la familia siempre lo entendieron en términos de océano. A su mayoría de edad, Marina decidió ver y buscó especialistas con jergas propias, alejados del lenguaje de las algas. La intervención fue un éxito al que acudió sola y sola estuvo en el momento de enfrentarse al espejo. Lo tomó del tocador, aún extrañada por la aridez del mundo que observaba, tan distinto al líquido que hasta la vuelta de la luz había habitado. «¿Cómo serás Marina?» se preguntaba. De reojo se asomó al cristal mecido por las olas. Y, tembló, al verse todos los naufragios.

Bill Domonkos


Elegí vestirme con la gasa de un fantasma por si los ojos se abrían no verme esta sima en el pecho. No he podido mirarla, no, a pesar de haberla perforado con los dedos. Las fuerzas me pesan húmedas en la mano, dentro del puño, definidas como un vallado que alguien hubiera puesto al prado o al río que se escapa. Me invade un sopor que augura sueño, se me sube a la espalda, me encorva… y reconozco la noche en el interior de este cuerpo que es un féretro.

Foto Josephine Cardin


- La verdad es que era lunes, aunque había comprado naranjas dulces para desayunar como hacía los viernes. El motivo estaba escrito en los bandos que colgaban en las puertas de las casas, en todas: se hacía saber que para celebrar el centenario del Teatro de Sombras tendría lugar una función extraordinaria el lunes diecisiete. Sentado en la cocina realizó cuatro cortes simétricos de lado a lado de una de las naranjas, retiró la piel y desapareció cada gajo intacto en la oscuridad de la boca donde, desgarrados, se transformaron en zumo. Cerró los ojos para acrecentar la sensación de frescor en el estómago, era el anuncio de lo venía después, lo que verían él y todos. Nadie se perdía un pase del Teatro de Sombras, nadie porque allí se representaba lo que no se vivía, lo que no era.
El patio de butacas se llenó diez minutos antes de empezar el espectáculo, sobre él habían colgado guirnaldas plateadas con el número cien escrito cada cinco palmos. Las luces se apagaron y los murmullos con ellas. Llovía en el escenario, el viento salpicaba a los espectadores de las primeras filas que se tocaban lo mojado con los dedos, extrañados, sin saber. Invadió el teatro un olor intenso a tierra húmeda cuando entraron en escena una pareja y un hombre saltando sobre los charcos. El sonido del agua arrancó risas en varios puntos de la sala, sonrisas en todas las bocas. El aire rompió los paraguas de la mujer y el hombre que se miraban a los ojos, sus sombras se empapaban bajo las varillas desnudas, entonces se besaron. La lluvia no fue capaz de ocultar el silencio que se hizo y las pieles se erizaron desde la primera butaca a la última. Y cayó el telón.



Foto Henri Cartier-Bresson



- Ese día sólo yo tuve el valor de mirar de frente a quien te roba. Papá me hablaba sin parar buscando con los ojos el gesto aprobatorio de mamá, que nos observaba desde el otro lado de la habitación con la mano aferrada al pomo de la puerta, y sus palabras caían en el suelo, desparramadas, porque mis oídos estaban llenos de olas arrastradas por la bajamar. Edgar tampoco escuchaba ni podía atender al sexto sentido que poseen los gatos, atento como estaba a los movimientos del canario en aquella jaula dorada que heredamos de la abuela.
La trompa se iluminó tras el disparo, el salitre era una estela abandonada que aún se olía y oímos el llanto de mamá mientras salía corriendo por la puerta. No vi nada.





A veces nos moríamos en la casa del árbol. El preludio eran mis muñecas frotándose la una con la otra impregnadas con perfume de fresa, el olor a fruta madura nos convertía en adultos. Tú te mirabas al espejo buscando uno a uno los pelos del bigote. Lo tierno de la carne cedía y yacíamos rígidos entre las ramas, con los poros abiertos al sol, tan ancianos como alcanzaban nuestros previos ojos infantiles. Morir a veces acrecentaba la vida en los intermedios. Hasta que cayó el árbol y fue siempre.


Foto de Aëla Labbé

lunes, 9 de noviembre de 2015

Murciélago del extrarradio

La noche es un suburbio
donde no llega el metro y siempre es otoño.
Sé de liarme hojas
en las puertas de un garito y de beber
los besos de un hombre
compartiendo una rubia. Besos
de escalón y
alas de murciélago extendidas,
colmillos como estrellas
afiladas. La sangre negra
como los callejones contra la pared
o el cielo donde el quiróptero no llega.
Es conmovedor interpretar
el eco
de la música que trae el universo
nocturno de guitarras
y esos dedos de uñas romas
intentando desgarrarme
las entrañas de vampiro, sin mirarte
en estos ojos de extrarradio

donde no llega el metro y siempre es otoño.


martes, 29 de septiembre de 2015

Posos en el vino de Facebook VIII

Se pueden hacer trenzas suaves con los nervios pelados como cables.


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Me arañan los tejones, los gatos, los mapaches, los demonios y surges de entre el barro con las algas adultas prendidas de tu piel de gelatina, blanca. Tan vivo que no pareces muerto. No sabiendo tocar con la voz ni con las manos, el pelo encharcado luminiscente, sin memoria de mí. Tan vivo que no pareces muerto, tan de espaldas que hundo mi nariz donde un día hubo alas y te respiro y te abrazo. Por si recuerdas.

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SUEÑO DE UNA NOCHE EN LA QUE –AL FIN- DICEN LLEGA EL OTOÑO: Han cazado un murciélago grande como un niño pero no lo comen, nadie sabe allí cómo cocinar. Tengo hambre, la carne es carne y las cazuelas, cazuelas, sin embargo mis muñecas juntas no se separan. Sentada en la terraza las voces de los hombres son un murmullo de mentiras ilegibles, tras el cristal el murciélago simula ahogarse en un estanque salpicando el césped pulcro de la orilla. Se incorpora liberando los oídos del agua azul, ese es el secreto de la vida: mantener vacías las orejas. Cae de nuevo, su cuerpo luchando en una farsa con la muerte parece una esponja retorcida, los dientes afilados tienen sangre y me mira. Sentada, con las manos pegadas descansando en el regazo, le devuelvo la mirada y pestañeo, tranquila.

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Lo bueno de los puntos suspensivos es que en ellos cabe todo –como en la cabeza-, caben todos los pensamientos de ti conmigo y las imágenes pueden ser tan perfectas como tres esferas equidistantes. Sin embargo,  apunta mi relleno a lo imperfecto de un espacio no medido que dota a lo ilusorio de realidad. Hoy me he despertado en una casa sin tejado ni ventanas; con los pies fríos y los ojos hinchados por algún sueño profundo. Apareces por sorpresa, embozado, asomando en el umbral donde los goznes son desnudos sin la puerta. La incertidumbre es  excitación a cada paso que das en la alfombra de hierba que es el suelo. Si acaricio las paredes me sangran las yemas de los dedos. Los lames. Me lames con la lengua; con la mirada me lames los ojos que te lamen. Después la pureza del fornicio y tú cabes en mí como todo cabe en unos puntos suspensivos.

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He terminado de comer y estoy en una película de vaqueros. Una estupidez para un cinco de enero cuando sólo trataba de recordar si tu suelo era de baldosas o de piedra; ese día no miraba al suelo y la memoria son dibujos del frío, los botones y la sonrisa de un pubis predispuesto.
Estoy apoyada en el quicio de la puerta viendo pasar la diligencia, levantan tanto polvo las ruedas que la nube no me deja ver las colinas donde se apostan los indios. Hubiese preferido un arco y estar acechando en las alturas, con las plumas peinadas y la carne oscura, sin embargo al moverme me han crujido las faldas. Me da miedo buscar un espejo y descubrir el color del moño que me tira de las sienes, no sabría que hacer de saberme rubia candorosa.
Empieza a disiparse la tierra suspendida y cruzo el porche, odio todo este ruido que soy al moverme y la rigidez que me impone. Si llego al pozo no harán falta piedras para hundirme. Si llego… porque hay volutas en el cielo y brilla un torso.

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Luz de estrellas muertas.
Acerca de eso leía
cuando levanté los
ojos
y te vi.

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Los deseos cuajan imperfectos con la nieve. Tanto caos camuflado en la geometría de caminos desandados, la frente dispuesta a abrirse en una brecha donde quepan los dedos. A la intemperie el goteo es un estruendo sin paredes que lo acoten, si no se forman charcos a su ritmo es porque no quieres o la luz lo llenó todo sin contar con nosotros o me tragué las piedras que pulimos imaginando verlas saltar a ras de horizonte. Crepitan los deseos coagulados y el desvelo no son ellos, es el frío como un tumor inoperable.

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Sabían que era inquieto, aunque mirándolo nadie lo diría. Raquítico para sus casi tres años, lo frágil de sus piernas descubiertas por el pantalón corto, donde no ajustaban los calcetines blancos y caían como muertos por el vacío sobre los zapatos negros diminutos. No querían comer con su alboroto y para que no se moviera lo pusieron de pie dentro de un cuenco pequeño de cristal lleno de leche. Sus pies no tenían superficie para pisar horizontales y sin embargo el equilibrio del niño era perfecto; inmóvil, con los brazos extendidos junto al cuerpo se erguía recto, la barbilla alta. Conmovía su gesto de congoja en una cara fuera de lugar, anciana, pareciera un infante enfermo de progeria.
Comimos tranquilos, conversando en voz baja sin que tuviera nadie que levantarse para atender alborotos infantiles. Al terminar se fueron dejándomelo allí y lo saqué con cuidado esperando que, de ese modo, desaparecieran las lágrimas sin desbordar que encharcaban sus ojos. Sin mirarme hundió la cara en la leche y bebió y bebió y bebió. Al incorporarse el miedo me hizo temblar, su nariz estaba llena de líquido, lo blanco ocupando sus fosas nasales sin caer, el aire sin espacio para entrar en los conductos. Quise que abriera la boca, mas los labios insistían prietos y purpúreos. Quise gritar ante la asfixia, ante lo impasible del niño que se ahogaba, ante la tristeza como lagos persistentes en sus ojos, ante mi impotencia y el cristal del cuenco. Grité. Ya despierta.

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Sin creer en la pertenencia fuimos del salitre.

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Lo arrastro hasta el borde de la cama para ponerle las zapatillas y, agachada, noto su peso sobre mí como un planeta descolgado. Se ha dejado caer dormido y mi cuerpo se ahueca para acogerle sin que lo haya pensado. Sujeto su abandono cálido con ternura, deseando poder sostenerle siempre que vaya a desplomarse, sabiendo que no podré. Me demoro observándole, oliéndole los sueños, prolongando esta sensación inmensa de puntal.

martes, 1 de septiembre de 2015

Se vende vestido de novia a estrenar

            
A Hortensia y María Ángeles, 
que me regalaron el vestido

             En el jardín la mesa es un desorden de bandejas con restos de comida, servilletas arrugadas y copas sucias; habían celebrado el cumpleaños de la abuela apiñados a su alrededor, tropezando los codos a cada movimiento de cubiertos. Preparando el almuerzo la tía Isabel había propuesto alargarla juntando la mesita de plástico donde solían dibujar los niños, pero todos coincidieron en que cabían de sobra sin anexos. La tía Isabel no dijo nada cuando Luis, con sus cinco años inquietos, le clavó el tenedor en el brazo, ni cuando el primo Octavio le hizo derramar el vino con el balanceo de una risotada, pero todos la vieron torcer el gesto cargada de razón. En la próxima reunión familiar la dejarían hacer. Ahora que ya han terminado la tarta y están a punto de sacar los cafés, Alberto se levanta golpeando el plato con una cucharilla para que guarden silencio, todos le miran curiosos, él sólo mira a Rocío. Colorado como un pimiento exclama desafinando a mitad de frase: «¿Quieres casarte conmigo?». La familia voltea la cara hacia la chica, muda, hacia el chico, mudo, hacia la chica… Interrumpe el simulacro de partido de tenis la abuela: «¡Contéstale, corcho!». Rocío asiente con la cabeza y el júbilo se apodera de todos. El abuelo se limpia las lágrimas con la servilleta, los primos hacen bromas, Alberto da un salto hasta Rocío que continúa sin moverse de la silla, la besa y la tía Isabel descorcha otra botella.

            Ya en casa, Rocío se saca el vestido lanzándolo con rabia al suelo, mira con los ojos encendidos a Alberto, que la espera en la cama tumbado boca arriba con las piernas abiertas y un calzoncillo con la goma dada de sí que parece un acordeón, y rompe el silencio que ha mantenido desde la proposición.
            -Ten claro que no te he dicho que sí-. No alza la voz pero el tono es tan duro que el chico no es capaz de moverse del sitio.
            -Asentiste…- titubea.
            -Respondí a la abuela, lo demás os lo imaginasteis todos.
            -¿No quieres casarte?
            -Lo que hay entre tú y yo es entre tú y yo, a nadie le importa ni me gustan los circos, no soy una atracción de feria. Lo sabes, por eso me lo has pedido delante de todos, para que no tuviera escapatoria. Y ahora me tengo que casar porque a ti se te pone en los cojones-.
            Escupe las palabras mientras se desprende de la ropa interior y se mete bajo la sábana dándole la espalda, apartando su pierna con el talón. Alberto le rodea la cintura con el brazo.
            -¿Eso significa un sí?- le susurra en el oído.
            -Eso significa que no escuchas, pero sí, tendréis boda tú y mi familia. Ahora apártate, das mucho calor.
            Alberto le besa la mejilla y se retira al otro extremo de la cama, sonríe porque ha conseguido lo que quería y el enfado no durará mucho siempre que le dé espacio. El punto débil de Rocío no ha fallado y él tendrá su boda, la tendrá a ella y todos lo sabrán. Se queda dormido contando invitados.

            Tras unas semanas encajando la idea de la boda, Rocío decide quitarse de en medio su parte. Se casará pero que nadie espere una novia entusiasta, los preparativos los dejará en manos de Alberto y de sus suegros y de su madre y de la abuela y de la tía Isabel y…de quien más le de la gana, ella sólo se ocupará de buscar su vestido. Y lo hará sola. Los precios de los trajes de novia le parecen un escándalo, así que aprovecha que Alberto salió a una comida de empresa para buscar en Internet algo económico de segunda mano. Hace girar la rueda del ratón con impaciencia, deseando terminar, quiere olvidarse de esa exhibición de lo privado, de esa invasión de su interior. Aún está a tiempo de mandarlo todo al carajo, pero eso le asusta más, al fin y al cabo la boda supone un día, anularla sería la comidilla que la perseguiría toda la vida.

            Algo le llama la atención entre tantas fotos de vestidos recargados, brillantes y cursis. El anuncio advierte que no hay imagen disponible y es escueto: «Se vende vestido de novia a estrenar». La curiosidad echa mano del teléfono y cierra de un click seco la página web con todos esos trajes colgando tristes de las perchas en habitaciones oscuras con armarios de formica. Responde a su llamada la voz de una mujer anciana un poco sorda, Rocío tiene que gritar y aún así no se entienden muy bien. No quiere darle el precio por teléfono e insiste en que debe ver el vestido, la conversación termina concertando una cita en casa de la señora.

            La mujer vive en un edificio de la parte antigua de la ciudad, Rocío se para frente a la puerta de madera oscura que encierra el portal y toca el timbre del segundo piso izquierda. Le abren sin contestar, aún escucha el zumbido de la cerradura subiendo la escalera con peldaños desiguales que asciende en espiral. Huele a viejo y a lejía. A través de una mirilla de esas grandes como un ojo de buey una mujer la llama por su nombre y la invita a entrar. Recorren sin hablar un largo pasillo empapelado con motivos geométricos color verde a juego con el sintasol del suelo y llegan a un pequeño salón donde tan sólo hay una mesa camilla en el centro con dos sillas. Ambas se sientan. Allí también huele a viejo y a lejía.
            -Eres bonita, como ha de ser una novia.- la mujer ríe entre dientes tras pronunciar la frase igual que si fuese un chiste.
            La anciana que tiene delante a Rocío le resulta peculiar, es menuda, casi consumida dentro de la ropa de lana que viste, parece muy mayor teniendo en cuenta las arrugas profundas que le cuartean la piel, sin embargo los ojos redondos y pequeños que la observan brillan jóvenes así como su dentadura, perfecta con dientes prominentes que nadie diría son postizos, pero que han de serlo.
            - Quiero ver el traje, por favor. En el anuncio no ha puesto foto.- dice Rocío alzando la voz.
            Con esfuerzo, la señora se levanta de la silla y se dirige a un cuarto contiguo mientras le explica que no fue capaz de adjuntar la imagen en el anuncio, la informática y su edad son incompatibles, sentencia. Reaparece arrastrando los pies, sujetando el vestido lo más alto que le permite el brazo y lo extiende sobre la mesa.
            -De cualquier modo, tal y como le comenté por teléfono, el vestido es necesario verlo y probarlo. Si lo toca, jovencita, lo entenderá.- ríe de nuevo invitando con un gesto de las manos a que la muchacha se acerque.

            El vestido es impresionante a pesar de su sencillez. Blanco roto, de encajes delicados, mire donde mire, Rocío descubre algún detalle casi imperceptible que le apasiona. Lo roza con las puntas de los dedos y sonríe a la anciana asintiendo, el tacto de la tela se convierte en necesidad de ponérselo.
            -Tengo curiosidad… En el anuncio dice vestido a estrenar. ¿Cómo es eso?
            -Este debió ser el traje con que yo me casara, muchacha- responde la mujer con un tono grave que contradice el brillo divertido de sus ojos -. Sin embargo, no lo hice, no quise. Una está en su derecho de cambiar de opinión, ¿no le parece?
            -Por supuesto- contesta Rocío apretándole comprensiva la mano que parece un desierto de arenas blancas por donde asoman infinidad de raíces-. ¡Quiero probarlo! ¿Será mi talla?
            -Le quedará como un guante: es bonita y se quiere casar.
           
            La chica sonríe forzada al escuchar esa última aseveración que va acompañada de la mirada fija de la anciana, le da la impresión que lee sus dudas y deja en blanco la mente para centrarse en el traje, está segura que al verse vestida de novia será una novia. La mujer propone que se cambie allí mismo, puede hacerlo a sus espaldas, alega encontrarse cansada para abandonar la habitación y le avergüenza que vea el desorden de la alcoba. Rocío acepta, se desnuda y pone el vestido en el salón. La tela resbala por su piel como si fuese propia, cada costura se adapta a su figura sin apretar, con una suavidad maravillosa; acaricia los encajes al vestirse sin dejar de sonreír y le pide a la mujer que le abroche los botones de la espalda. El traje parece hecho para ella, le falta mirarse en el espejo pero ya se prepara para negociar el precio cuando nota el último cierre ajustado al ojal.

            Al voltearse no sabe porqué se le ha borrado la sonrisa. Enfrente tiene a la anciana que ya no parece tan anciana, ni tan menuda, de hecho los ojos les quedan a la misma altura. El cansancio como una losa sobre su cuerpo provecto ha desaparecido y tiene una expresión de alivio reforzada por las carcajadas en que rompe. Rocío se ve a sí misma encogiéndose, arrugándose y el vestido se adapta bello en su menguar; el aroma de su perfume floral lo sustituye el olor a viejo y a lejía. En pocos segundos se encuentra mirando desde abajo a la señora dueña del traje que al lado de su nueva apariencia decrépita parece una joven, pronuncia algo que ella no alcanza a escuchar antes de evaporarse. Está agotada y confusa, pensando que el sueño es tan nítido que asusta. Suena entonces el teléfono, insistente desde el cuarto que no ha visto y arrastra las piernas cansadas e hinchadas por la mala circulación hasta cogerlo. No oye bien lo que le dice una voz femenina desde el otro lado pero lo intuye atrapando palabras sueltas, Rocío responde.

            -El precio no lo doy por teléfono y, créame, es necesario que lo vea y se lo pruebe.